11/09/2008

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Wai vió por debajo de las ruinas para ceciorarse que no hubiese nadie a su alrededor. Hirguió su cuerpo y se prensó la mascara anti-pracfilio sobre su rostro. Alerta, se desplazó como pudo sobre la pudredumbre de los cadáveres y las moscas gigantes.
Era mediodía de sol rojo y el calor del vapor asfixiante a penas le dejaba movilizarse. Sin embargo, Wai no tenía opción: encontraba agua o moría. Hacía algunos días había visto un pozo de agua sucia pero no se había atrevido a revolcarse con los demás para matarlos y beber de lo que se pudiese. Si lo hacía, además, corría el riesgo de perder la máscara que por suerte había conseguido para evitar respirar el aire corroido. Una comisión de “Los Ultra” (sociedad subterranean y privilegiada que a penas vivía debajo de la tierra bajo leyes implacables) había salido una noche para dejar abandonados a “los expulsados” (ex-miembros de “Los Ultra” que por alguna razón habían sido “desterrados” de Miló- tierra debajo de la tierra.) Esa noche, entre gritos de súplica y agresiones, “Los Ultra” habían dejado caer por accidente una mascara sobre la cual Wai se avalanzó enseguida. Un hombre con deformaciones en el rostro, también había visto la mascara y forcejeó como pudo contra Wai. Ambos se revolcaron entre otros cuerpos impávidos pero Wai contaba con más fuerzas para luchar por la mascara. El hombre del rostro deformado quedó sin aliento y pronto murió. Wai estaba curtido de muerte y por eso no sintió nada al ver como aquel hombre moría miserablemente.
Wai guardaba consigo una fotografía en la que aparecía sonriente abrazando a una ñiña de ojos verdes. Wai miraba su foto en cuanto estuviese solo: era lo único que lo mantenía vivo.
Ya habían pasado cuatro días desde la última vez que había tomado agua y por eso, poco a poco, Wai desfallecía. Pronto comenzó a arrastrarse en vez de caminar. Sus piernas iban perdiendo fuerza y consistencia. Sin embargo, aun se movía: aun quería, aun podia.
Wai, escondido entre las ruinas, alcanzó a ver a un joven orinándose del miedo. Dos hombres lo tomaron a la fuerza y se lo llevaron como fieras entre los pedazos levantados del asfalto. Wai no escuchó los gritos del joven porque no quería y porque en lo único en lo que pensaba era en correr a beber la tan preciada orina. Así pudo continuar con vida. Durante las pocas veces en las que Wai no buscaba beber agua o alimentarse, caminaba buscándola: aun tenía esperanzas de que estuviese viva. Nara tenía siete años pero era (así pensaba Wai) lo suficientemente lista para burlarse de las vicisitudes del nuevo mundo. Cuando Nara había nacido, Wai notó en su ojos una mirada suspicaz, especial y fuera de serie. Nara había nacido en parto natural directamente del sexo de su madre indígena. Wai, por casualidad o por inconsciente dicha era el padre. Los tres vivían adentrados en el Amazonas (cuando esta aun existÍa).
Wai y su familia pasaban los dias tranquilos . Nunca habian tenido problemas para alimentarse y mucho menos para beber agua, aunque en los últimos años, los ríos habían mutado de manera extraña. Los animales aun vivian y el cielo conservaba su color azul. Sin embargo, después de la hecatombe nada podia verse como era antes. Respirar ya no era un privilegio sino una maldición. Después
A veces Wai deliraba. Veia los colores del mundo antiguo y armaba en el aire figuras del pasado. A veces también la veia corriendo, descubriéndolo todo con sus ojos verdes. Wai dormia acurrucándola para protegerla, pero una noche ya no estaba más a su lado. Nara había desaparecido sin avisos, sin pistas, sin ruidos. Desde aquella vez había pasado casi un año y desde ese entonces, encontrala, era lo único que lo mantenía vivo.
Wai trató de ubicarse en el espacio encaramándose sobre un monton de cuerpos inertes. La sed y el hambre perenne hacían que perdiera el sentido del tiempo y del espacio.

Una mano le golpeó la cara como para hacerle reaccionar. Wai, desfallecido, abrió los ojos y entendió que estaba rodeado. Cuando volvió a abrir los ojos estaba en un espacio encerrado y absolutamente blanco.

- Diga su nombre!!!- dijo la voz de un hombre
- Wai- dijo trémulo y sin fuerzas.

- Responderá cuando se le llame por el 714509. Ha entendido?- Dijo la voz.

Wai desmayó.




Laura tomaba agua en un vaso de cristal que había traido de su oficina. En su mano izquierda sostenía un cigarillo del cual aspiraba bocanadas mecánicas y espaciadas. Había salido al patio a ver si el sol y el cielo azul de ese día ejercían influencia en la proliferación de nuevas ideas. Tenía más de un mes elaborando un proyecto del cual dependería el resto de su carrera. Escribía, inventaba, borraba y volvía a escribir.
Se levantó de nuevo y entró al baño. Abrió el grifo y comenzó a mojarse las manos, no porque las tuviera sucias, sino porque buscaba desesperada algún estímulo que le trajera un final, un punto de partida. El agua corrió durante cinco minutos y con ella todas las posibilidades de nuevas invenciones.

Tomó las llaves de su auto y manejó sin destino alguno. Decidió parar frente a un restaurant en el que ordenó más comida de la hubiese querido comer. Invadida por la culpa de la glotonería vió una niña en la acera de enfrente del restaurante. Descalza y con ropas sucias, la niña miraba sentada desde la otra acera. Laura sintió un profundo dolor de cabeza; casi instantáneo. La luz del atardecer clavaba el resplandor en sus ojos de manera insoportable. Como pudo, sacó de su cartera varios billetes, los dejó sobre la mesa y dejó el restaurante aturdida por el dolor. Caminó hasta su auto y lo encendió. El ruido del motor cortaba como cuchillo su cráneo. Aceleró de la calle a la autopista, como tratando de zafarse del dolor descomunal. Más adelante, freno y descontrol al volante. Choque inminente y estallido de alarmas, vidrios, sirenas y sangres. Negro. Respiración.

Abrió los ojos y la vió de nuevo a través de los fragmentos de un vidrio. Laura desmayó.

Despertó entre plásticos esterelizados y máquinas de filtración.

- Diga su nombre- preguntó una voz
- Wai… - respondió débil.
- Tu número de paciente es el 714509. Responderás ese número cada vez que te lo pidamos. Entendido ?

No entendía, no sabía, no estaba y no reconocía. Su cuerpo estaba empotrado a la cama y casi no había diferencia entre una forma y la otra. Había estado allí durante semanas y apenas entonces, abría de nuevo los ojos.
Laura recuperó su movilidad y después de la rehabilitación, las terapias, visitas y medicinas, fue una tarde a caminar al parque.
Entonces la vió. Aquella niña, como intacta por el tiempo, permanecía sentada sobre la siguiente acera. Laura sintió una poderosa necesidad de acercársele y de abrazarla con todas sus fuerzas. Quería gritar, llorar, reirse. Caminó hasta ella y llorosa clamó su nombre:

Nara!... Nara!

5 comentarios:

Anónimo dijo...

11/09

Que bella ola...solo tu!

en mi,

The Shadow

Anónimo dijo...

14/09

Estas en mi real fantasia, como el primer dia..

The Shadow

Anónimo dijo...

16/09

Eres el reflejo, te puedo tocar...

LY forever!

The Shadow

Anónimo dijo...

22/09

No hay cambio atraves del tiempo, creo que tu eres mi tiempo...me encantas!

The Shadow

Anónimo dijo...

26/27 09

Blanco, blanco, tu mente en blanco,el paso quantico, tu risa es mi risa...keep goin'

The Shadow